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En este acontecimiento se revela que lo que todas las personas anhelan es encontrar a Cristo. La adoración va unida a la alegría, pues, cuando estos viajeros de Oriente vieron que la estrella se detenía sobre el pesebre donde yacía el niño “se llenaron de inmensa alegría”, y por eso, en nuestro tiempo, nos conviene recordar que es feliz quien encuentra el sentido pleno de su vida, quien ha dejado de dar vueltas en una búsqueda incansable.

Al entrar en la Iglesia, los Magos, depositaron sus cofres a los pies de Jesús. El cofre es una caja con cerradura en la que suelen guardarse cosas de valor. Ante Dios, totalmente abierto a la persona, no hay nada que ocultar y ante él puede vaciarse el hombre en aquello que más íntimamente le mueve: el oro se hace así signo de sus deseos, la mirra señala sus sufrimientos, y el incienso se convierte en las súplicas que eleva en busca de las respuestas más decisivas para su vida.

Y tras ofrecernos sus mejores gestos y convertirse, esa tarde, en la ilusión de niños y mayores, tal como anuncia el evangelio, Se marcharon a su tierra por otro camino”, ese nuevo camino que es Cristo, el camino del amor, el camino de la verdad, el camino hacia la vida eterna.

 

 

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